Antiguo Régimen
La Bastilla, fortaleza del rey en París usada como cárcel, era considerada como símbolo del Antiguo Régimen por sus enemigos, y su toma como el inicio de la Revolución que llevó al Nuevo Régimen (1789). Sus escombros fueron objeto de un comercio parecido al que doscientos años más tarde tuvieron los del muro de Berlín.
También puede aplicarse como equivalente a una época que, prácticamente, coincidiría con lo que se conoce como Edad Moderna.
Aunque su utilización es contemporánea a la Revolución, la mayor responsabilidad de su fijación en el ámbito literario le pertenece a Alexis de Tocqueville, autor del ensayo El Antiguo Régimen y la Revolución.1 En ese texto indica precisamente que «la Revolución francesa bautizó lo que abolía» («la Révolution française a baptisé ce qu'elle a aboli»); Tocqueville dotó al concepto de una confusa capacidad de oposición del Antiguo Régimen frente al periodo medieval, que se hizo común en la historiografía durante los siglos XIX y primera mitad del XX e historiadores posteriores han discutido, especialmente François Furet.2
Desde el punto de vista de los reaccionarios enemigos de la revolución, el término Antiguo Régimen fue reivindicado con un punto de nostalgia, siguiendo el tópico literario del «paraíso perdido» (o el manriqueño «cualquiera tiempo pasado fue mejor»). Talleyrand llegó a decir que «los que no conocieron el Antiguo Régimen nunca podrán saber lo que era la dulzura del vivir» («ceux qui n'ont pas connu l'Ancien Régime ne pourront jamais savoir ce qu'était la douceur de vivre»).
La aplicación del término a las estructuras económicas y sociales se atribuye a Ernest Labrousse,3 y fue difundido por la contemporánea Escuela de Annales, con gran aceptación en España a través de hispanistas como Pierre Vilar o Bartolomé Bennassar. Su utilización con este sentido, que no era usual antes, se hizo habitual por los autores del tercer cuarto del siglo XX, como Antonio Domínguez Ortiz, Gonzalo Anes o Miguel Artola, que terminaron por fijar el concepto en la historiografía española. La aplicación del término a la historia de las instituciones españolas es muy anterior, pero parece que también se originó por influencia francesa, como es el caso de la obra del hispanista de finales del XIX Georges Desdevises du Dézert,4 recogida por Antonio Rodríguez Villa en 1897.5
Definición
Mapa de Europa de Herman Moll (1703). Los colores utilizados por el cartógrafo no designan entidades políticas existentes, sino más bien el recuerdo de las antiguas divisiones geográficas de época romana (Galia, Italia, Germania), junto con otras que sí son efectivas (Imperios Turco y Ruso, Confederación Helvética, Reinos de Portugal, Suecia o Polonia).
- 1º sistema económico: en transición del feudalismo al capitalismo;6
- 2º relaciones sociales: determinadas por la oposición entre la sociedad estamental y una burguesía que no puede acceder al papel de clase dominante que ocupan los estamentos privilegiados;
- 3º sistema político: monarquía absoluta o, como poco, monarquía autoritaria. La tensión fundamental en este ámbito es la que se produce entre la centralización del poder y el respeto a los privilegios de todo tipo (personales, estamentales y territoriales), que mantenían una gran multiplicidad de jurisdicciones y fueros.
Extensión
Recreación moderna que presenta las efectivas divisiones políticas después del Tratado de Westfalia (1648), que cierra la Guerra de los Treinta Años con un nuevo equilibrio europeo sobre el naciente concepto de relaciones internacionales en pie de igualdad.
La imposibilidad de retrotraer el concepto a entidades políticas de un periodo anterior, incluso en Europa, viene del hecho de que las formas políticas medievales eran de carácter feudal, dependientes en alguna medida del Imperio o del Papado, o bien eran alguna forma de ciudad-estado; por otro lado, el naciente capitalismo era aún algo completamente marginal, y la sociedad estamental (ya definida) aún no había producido sus mecanismos e instituciones finales. En ningún caso responden a los requisitos propuestos.
La duración temporal del Antiguo Régimen coincidiría con lo que llamamos Edad Moderna: del siglo XV al XVIII. Esto es válido tanto para Francia (desde el fin de la Guerra de los Cien Años hasta la Revolución francesa) como para España (de 1492 a 1808). No obstante, algún autor, como Arno Mayer, argumenta la persistencia de rasgos propios del Antiguo Régimen en la Europa de finales del siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial.9
El modelo francés
La reconciliación de Enrique III y Enrique de Navarra, por Rubens (1628). Un episodio de la guerra de los tres Enriques, que terminó ganando el de Navarra, futuro Enrique IV.
Identificados, al menos en teoría, el interés del Estado, el del Pueblo y el del Rey, se avanza en la construcción de un mercado de dimensiones nacionales, con el respaldo de un imperio colonial (que sufre grandes altibajos al albur de las continuas guerras); se moderniza la administración y los impuestos (la gabela, la tallación) todo lo que los privilegios estamentales o territoriales permiten; se consigue la imposición del catolicismo (revocación del Edicto de Nantes) y el control de la Iglesia (galicanismo); o se prestigia el francés como la lengua común (y la culta de Europa, en sustitución del latín) y el vehículo de una pujante cultura (Molière, Racine, Corneille) que destrona al Siglo de Oro español, institucionalizada en la Académie Française.
No obstante, la acumulación de contradicciones entre la cerrada sociedad estamental y la pujanza de la burguesía llevó a la Revolución francesa de 1789, que fue modelo de las demás revoluciones burguesas que transformaron los sistemas políticos europeos en monarquías constitucionales a lo largo del siglo XIX o repúblicas en el horizonte de la Primera Guerra Mundial.
El estilo político español
El mendigo, de Murillo. A pesar de individuos e instituciones caritativas que veían en el pobre una imagen de Jesucristo, el Antiguo Régimen asociaba la pobreza extrema y públicamente exhibida a todo género de vicios, tal como muestran la literatura picaresca genuinamente española y los arbitristas. No faltaron leyes destinadas a reprimir la mendicidad y proyectos de encerrar a los pobres en asilos, lejos de la visión del público, frustrados por el endémico déficit presupuestario de la monarquía española.10
El éxito es indudable, y aventajó al de la monarquía francesa durante el siglo XVI: se consigue un conjunto territorial sin parangón (Felipe II pudo decir "en mis dominios no se pone el sol") que, aunque poco cohesionado, puede ser eficazmente gobernado desde un centro localizable en Castilla tras la Guerra de las Comunidades (1521) y la elección de Madrid como capital política (1561); de Castilla se drenan una fabulosa cantidad de recursos impositivos (alcabalas, regalías, servicios de unas Cortes comprensivas, Quinto Real de las remesas metálicas americanas) que se gastan en la política europea que identifica los intereses de la Monarquía Católica con los de la causa del catolicismo. El éxito queda confirmado por la propia Leyenda Negra, explicada tanto por la realidad del cruel dominio sobre América (de la que los propios colonizadores fueron conscientes: polémica de los naturales), la represión de la disidencia (a la que se forzaba a la asimilación, la expulsión o la hoguera: conversos, moriscos; o las más minoritarias conductas consideradas antinaturales, la brujería y los mínimos focos de protestantes) y la impotencia de sus enemigos, resignados a combatir con propaganda antiespañola a la potencia hegemónica (el paralelismo con el antiamericanismo del siglo XX es claro). El control interior queda garantizado por una creciente burocracia (régimen polisinodial de los Consejos) que se implanta territorialmente a través de los virreyes, (en los reinos) y los corregidores (en las ciudades). El control de los estamentos privilegiados se logra por la sumisión del clero (patronato regio, reformas de Cisneros) y la nobleza, acostumbrada a poner y quitar reyes en las guerras civiles castellanas de la Baja Edad Media, de las que la Guerra de las Comunidades son el último episodio;11 el rey se convierte en Gran Maestre de las Órdenes Militares (desde Fernando el Católico), implica a la aristocracia en su política de nombramientos (institución de la grandeza de España con Carlos V), y deja claro que a cambio de ejercer sin injerencias el poder político les garantiza el poder social y económico (institución del mayorazgo, leyes de Toro). Los desmochamientos de torreones (que sufre incluso Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán al que se le pidieron las famosas cuentas de su gestión en Italia) son un claro mensaje simbólico. Los puestos burocráticos son un buen banderín de enganche para la baja nobleza y la burguesía. A falta de una policía digna de tal nombre (la Santa Hermandad no pasó de ser un cuerpo militar) se disponía de la red informativa y represiva de la Inquisición (de cuya sumisión al poder real es prueba su utilización en algún destacado caso, como el de Antonio Pérez).
El cambio de dinastía de 1700 (Felipe V de Borbón) produjo el encauzamiento del sistema hacia un absolutismo con características similares al francés, que produce intentos bienintencionados pero siempre fallidos: la racionalización fiscal como el Catastro de Ensenada, reformas ilustradas como las de Esquilache (expulsado del poder por el Motín que lleva su nombre tras una liberalización del precio del trigo, hasta entonces sometido a tasa) o el expediente de la ley Agraria, eternamente tramitado, que pretendía resolver el hambre de tierra de los campesinos. La revolución francesa truncó las expectativas del reformismo.12
El Antiguo Régimen perdura brevemente en el siglo XIX hasta la Guerra de la Independencia Española, cuando, al promulgarse la Constitución de 1812 en Cádiz se abrió el proceso de constitucionalismo. Por otra parte, el término Antiguo Régimen tuvo el mismo significado que en Francia, a pesar de que el final de dicho régimen no fue tan drástico como el francés. Tras los años de ocupación francesa y la derrota de Napoleón en la Guerra de la Independencia Española, se produjo la Restauración absolutista, lo que provocó la involución de la política española al Antiguo Régimen durante la mayor parte del reinado de Fernando VII. Su sombra continuó presente durante el segundo tercio del XIX con las Guerras Carlistas, a pesar de la sucesión de textos constitucionales, la llegada de liberales más o menos moderados al gobierno, casi siempre tras pronunciamientos militares y de iniciarse una modesta industrialización. La revolución de 1868 con el derrocamiento de la Reina Isabel II de España no cerró definitivamente la tentación involucionista, pero ya en un contexto completamente diferente: la Restauración de Alfonso XII o las Dictaduras de Primo de Rivera o Franco, por mucho que recuperara ésta última la nostalgia del Imperio, tienen otra definición.
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